museo soulages. rodez, francia

El museo Soulages es un hito en sí mismo. Marca un antes y un después en la vida cultural de una pequeña localidad francesa llamada Rodez (situada 200 kms al norte de Toulouse) y en la ya imparable trayectoria de sus tres artífices. Porque como seguramente todos sabéis, esta es una de las primeras obras internacionales de relevancia proyectada por el estudio multidisciplinar olotense RCR arquitectes.

El museo actúa como elemento de fijación de una difícil topografía: un terreno en ladera abierto al horizonte lejano. Porque Rodez está en lo alto de una colina, y el emplazamiento disponible para esta obra es absolutamente privilegiado. El museo resuelve magistralmente las dos escalas, los dos niveles y el programa de museo necesario. Y lo hace con rotundidad, como todas las obras de Rafael, Carme y Ramón. De esta forma, museo y paisaje se funden en perfecta armonía y ya no se puede imaginar el uno sin el otro. Ambos se necesitan y alimentan mutuamente bañados por  la luz del sol que acaricia los volúmenes de acero corten sin que nadie se interponga en su trayectoria. Resulta inevitable trasladarse con la mente hasta una obra de su primera etapa: la “casa horizonte”, la vivienda unifamiliar de “la Fina” en la Vall de Bianya (2003).

Mi primer conocimiento de la existencia de este edificio fue a través de la revista El croquis nº 162 (segundo monográfico sobre RCR), publicado en 2012. En aquel momento  la documentación publicada era escasa, con alguna fotografía de la obra (volúmenes macizos de hormigón armado). Y realmente no fui muy consciente en aquel momento de la relevancia de esta obra. Cuatro años después, en la exposición monográfica organizada en el Museo ICO de Madrid a principios de 2016, fui plenamente consciente de la fuerza y el alcance de esta obra. Hasta el día de hoy, cuando puedo afirmar que el Museo Soulages es una obra cuidada, enérgica e integradora.

El embrión de este gran trabajo es la idea de crear un museo para el influyente pintor contemporáneo Pierre Soulages en su localidad natal. Un encargo que llega en mitad de una importante crisis en el sector de la construcción en nuestro país. Un factor que, lejos de perjudicar la carrera de RCR, sirvió para forzar la apertura internacional de su obra. Con diversos encargos en marcha en el país galo, este proyecto obtuvo el primer premio de un concurso de ideas. Fue elaborado entre 2008 y 2011, y los trabajos de construcción se desarrollaron entre 2011 y 2014.

Nos encontramos ante una obra con la marca personal de RCR. Sus obras se caracterizan por volúmenes rotundos, de gran personalidad, y que además suelen tener el gran suerte de implantarse en parcelas privilegiadas. En este caso, el edificio  está compuesto por cinco piezas opacas de diferente tamaño, dispuestas perpendicularmente a la ladera. Quedan unidas entre sí por un cuerpo acristalado de menor altura y que recorre longitudinalmente los cinco grandes cuerpos revestidos de acero corten. Esta espina dorsal es fuerte y concede unidad al conjunto, a pesar de ser atravesada por una gran escalera exterior de cuatro tramos, que resulta absolutamente imprescindible para mantener la circulación de personas entre el nivel superior (parque) y la zona baja de la ciudad. De este modo, el pequeño auditorio queda suspendido a modo de pasarela entre dos piezas más pesadas: el pabellón de acceso  y el restaurante “café Bras”.

El acceso al edificio queda perfectamente identificado gracias a una marquesina de enorme dimensión  y escasa altura respecto al suelo que permite crear una zona exterior cubierta. Se halla muy próximo del acceso al restaurante, que a su vez posee una doble entrada: desde el interior del museo (en horario de apertura al público) y directamente desde el parque, justo donde desembarca la gran escalera ascendente exterior.

Al acceder al interior del museo nos encontramos con un luminoso lobby de doble altura que se diferencia del tratamiento dado a la mayoría de los espacios  del museo. En  este nivel se localiza la tienda del museo, y el anteriormente mencionado auditorio. Una gran escalera  blanca (en este caso descendente) da acceso al nivel inferior donde se desarrolla el programa expositivo.

Lo primero que llama la atención cuando uno se adentra en el nivel inferior de este edificio es el cuidado tratamiento de las superficies. De todos los elementos. Una labor de depuración absoluta, que se une al ritmo estructural interminable que fragmenta transversalmente los espacios y al recorrer el edificio. Un ritmo que permite incluir en el techo un esquema repetitivo: franja perimetral de cartón yeso con placa central microperforada del mismo material y dos carriles eléctricos donde disponer los focos necesarios para iluminar las salas. Todo ello pintado en un impoluto negro. Las instalaciones se reducen a la mínima expresión, y la climatización de los diferentes espacios solo emergen a través de unas toberas de impulsión en los espacios de gran altura, y rejillas en suelo en las salas de menor dimensión, quedando siempre ocultas las rejillas de retorno.

Los acabados seleccionados para  revestir las paredes son el acero visto, el acero pintado con esmalte en color acero natural y el cartón yeso cubierto con pintura en color imitación al acero. Para los suelos, en todas las salas se han empleado chapas de acero de diferentes medidas siguiendo siempre un patrón.

Los muros acristalados disponen de estores de color negro para permitir lógicamente el control de la luz natural y crear precisamente una atmósfera íntima y envolvente que permita centrarse en el trabajo pictórico de Pierre Soulages. Esta atmósfera general se interrumpe puntualmente con salas que han recibido  un tratamiento antagónico, y en los que las paredes son totalmente blancas, y un gran techo acristalado permite la entrada cenital de una potente luz natural hacia el interior. Esto sucede en las dos cajas más esbeltas (estrechas y largadas) de acero corten.

Sin duda, nos encontramos ante una obra magistral, cuya visita resulta imprescindible para los amantes de la arquitectura contemporánea.

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