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el proyecto de toda una vida…

La fotografía y la arquitectura comparten una preciosa cualidad: la composición de una historia fundiendo dos cuerpos con un mismo objetivo: crear emociones.

Poseen una relación fraternal, sublime, casi mística. Cimentadas sobre un mismo principio de composición, comparten ideales, y sobre todo, están construidas con el mismo material: la luz. Un elemento mágico capaz de crear millones de matices bajo la atenta mirada de su creador, fotógrafo o arquitecto, que siempre confieren su punto de vista personal para hilvanar imágenes que configuran una bella historia de amor.

Mis primeros contactos con la fotografía fueron a través de las cámaras compactas que mi padre fue adquiriendo durante mi niñez, y con las que inmortalizaba cada verano nuestras vacaciones estivales. Pero digamos que tuve una relación muy discreta. Abierta. Hasta que comencé arquitectura. Fue en primero de carrera. A principios de curso. Adquirí mi primera cámara réflex analógica nueva destinando gran parte de mis preciados ahorros. Pero a pasar de la extrañeza de mi familia, yo sentía que hacía lo correcto. Y no me equivoqué.

Varias réflex digitales, miles de disparos y algunas canas después, puedo afirmar con rotundidad que la fotografía es una preciosa afición que retroalimenta mi pasión por la arquitectura. Mi profesión.

Pero volvamos al principio. Siendo yo estudiante de arquitectura, mi capacidad para realizar viajes era limitada. También para hacer fotografías, dado que el coste de revelado de cada carrete era importante para un joven estudiante sin ingresos.

Por ello, los “desplazamientos” hasta las obras más importantes de los arquitectos que construyeron la modernidad a principios del siglo XX se realizaba a través de las fotografías incluidas en los libros y revistas contenidos en la gran biblioteca “asplundiana” (hoy reubicada) de la Escuela de Arquitectura de Donostia.

La mayoría de ellas eran en blanco y negro, y de alguna forma me acostumbré a la ausencia de color en mis análisis arquitectónicos. Recuerdo con especial nitidez la sorpresa que supuso abrir una monografía fotográfica en color de la obra de Le Corbusier. El rojo más vivo, el azul más intenso y el amarillo más luminoso incluidos en la capilla del Convento de La Tourette iluminaron mis pupilas. En ese momento comprendí que la experimentación arquitectónica era mucho más que una serie de imágenes, y que las emociones deben sentirse de primera mano y no a través de ventanales sesgados de la realidad. Había habitado bajo una lona que me impedía ver la inmensidad del firmamento, salvo por un pequeño agujero, y era hora de rasgar por completo la envolvente que me cubría.

Otro hito importante que destacaría en mi vida referido a la relación entre fotografía y arquitectura fue mi primera visita a Barcelona, en 1995. Fue mi primer baño de realidad, en el que pude poner cara  a todos esos compañeros de viaje encuadrados en papel cuché que me habían acompañado durante años. Pero sin duda hay uno que recuerdo con especial cariño, y es el del Cementerio de Igualada (E. Miralles -DEP- y C. Pinòs). El impacto que me produjo recorrer este espacio arquitectónico, inacabado en aquel momento y en nuestros días y huérfano de padre pocos años después, fue simplemente conmovedor. Las imágenes que había visualizado con anterioridad de esta pareja de jóvenes arquitectos de moda no podían dar cabida a las infinitas emociones que genera este espacio. Y muchos años después he regresado al lugar y mi percepción no ha cambiado: una gran obra resulta completamente inabarcable para cualquier cámara fotográfica.

La fotografía servido durante más de un siglo como fiel testigo de la vida en sociedad. Ha actuado como abnegado notario de la efímera realidad, mostrando las capas verticales creadas por el paso del tiempo. Al menos esa era su cometido primigenio. Desde Eugène Atget en Paris hasta Berenice Abbott en Nueva York, pasando por la genial Vivian Maier en Chicago o el genial Mário Cruz en su Lisboa natal. Pero los tiempos cambian, y los primeras alteraciones de imágenes que iniciaron regímenes dictatoriales como el que aniquiló mi país han derivado en la actualidad hasta la Inteligencia Artificial; una herramienta que permite alterar la honestidad inherente a la fotografía para transformarla en un vacuo artefacto de entretenimiento.

Para mí, la fotografía es un instrumento de acercamiento a la actualidad que nos rodea. Realiza preguntas y busca respuestas poniendo ante un espejo al portador de la cámara. Por ello, cada imagen es el retrato de su mirada. Pero es mucho más. La fotografía es  una herramienta que me sirve para analizar la realidad, al igual que lo hace el dibujo y la escritura. Y siempre practicando esa técnica con respeto hacia el espacio, objeto o sujeto encuadrado, pero sobre todo con respeto a mí mismo. También con responsabilidad. Y con honestidad, alejándome de la creación de símbolos visuales y acercándome a la sencillez de los detalles. Buscando relaciones, como un cazador de similitudes dispersas.

La fotografía me permite descubrir nuevas perspectivas, juegos de luces y reflejos insospechados. Me ayuda a abrir los ojos antes de coger la réflex en mis manos y me obliga a estar atento cuando nuestros cuerpos se aproximan. El objetivo es claro: crear una historia única llena de emociones.

La tecnología ha facilitado la toma de imágenes de gran calidad desde nuestros teléfonos móviles. Y cada vez, incorporando nuevas opciones que parecen replicar en un ligero teléfono las cualidades de una cámara profesional. Una realidad que supone un arma de doble filo, y que sin duda banaliza la inmortalización de instantes cotidianos. Pensar antes de actuar es un principio básico en la vida. También en fotografía. Y por supuesto, en arquitectura.

Por desgracia, la actualidad nos muestra casi a diario que la arquitectura es el inservible vestigio que permanece tras la desaparición de una sociedad. Y la fotografía, la única prueba de su existencia. Pero más allá de su función fotoperiodística, ambas disciplinas poseen un enorme potencial creativo. Por ello, os animo a acercaros a la arquitectura a través de todos los canales que estén en vuestra mano, comenzando por vuestro smartphone, una herramienta versátil que puede ayudaros a descubrir mi maravillosa profesión.

Pero no de cualquier forma. Sobran imágenes y proyectos predecibles. Creaciones a las que les falta personalidad, buen gusto y sobre todo, la capacidad de sorprender. Arquitectura anodina. Responde a un programa, cumple una función y se viste con materiales convencionales. Pero carece de alma. La envergadura de un proyecto, su ingente presupuesto o su envidiable divulgación son subterfugios que pretenden deslumbrarnos por un instante. Sin embargo, la calidad de una creación no se puede medir por likes, premios o reputación. No debería, al menos.

Frente a ella, la arquitectura y la fotografía de calidad. Crear. Contar una historia. No olvidéis que una fotografía y un espacio deben hablar de su autor. Poseer su huella. Si una obra ha podido ser realizada por cualquier otro creador, sin duda carecerá de la calidad suficiente. Es importante ser originales, especiales, únicos. Aunque no de cualquier forma. Es clave conferir aticismo a todos los detalles. Durante todo el proceso creativo. La diferencia está en la elegancia.

Para mí, una obra perenne alberga en su interior una cualidad invisible que la diferencia del resto. Una esencia indescriptible que aporta un preciado valor añadido. Tal y como sucede con las personas. Algunas poseen una belleza o una bonhomía inherente que las hace especiales sin una explicación razonable. Podría parecer una apreciación subjetiva, pero el tiempo siempre ejerce de juez definitivo que determina su valor verdadero.

Sorprender. Emocionar. Brillar. Está en tu mano.