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el proyecto de toda una vida…

Cuando las ciudades se convierten en un campo de batalla, las viviendas pierden su función de refugio. El Leif motiv de su existencia. Perversión en estado puro. Involución. Tecnología al servicio de los asesinos con corbata más descarados e impunes de la historia. Dolor. Mucho dolor. Muerte. Lágrimas. Silencio.

Ciudades mudas ante el sonido de las despiadas bombas. Ciudades hostiles en un mundo cruel. Ciudades tristes ante la connivencia del mundo occidental. El odio como excusa. Una sociedad sin ilusión que tolera lo injustificable. Y el ser humano queda desprotegido, indefenso, desorientado. Dolor. Mucho dolor.

Muertes estériles que provocan desgarradores llantos en huérfanos neófitos. Hijos que nunca conocerán a sus padres y toda su vida quedará marcada por una pregunta: ¿por qué? Dolor. Mucho dolor.

En este contexto (que se extiende ya durante demasiado tiempo) resulta muy difícil pensar. Porque el pensamiento sosegado requiere tiempo. Calma. Paz.

A pesar de todo ese dolor que colmata todo el vacío que conforma mi ser, hoy quiero hacer una reflexión sobre la habitabilidad de las viviendas en tiempos de guerra. Una historia que comienza justo hace un siglo, cuando la Modernidad en el mundo de la arquitectura supuso una mutación radical en la forma de entender los espacios habitables. En realidad, desde finales del siglo XIX ya se trabajaba en este campo cuestionando muchos de los preceptos cimentados durante siglos. La desaparición paulatina del  ornamento inútil supuso el punto de inflexión. La pérdida del miedo al vacío (horror vacui). Y poco a poco, los cambios en la emergente sociedad urbana, los avances tecnológicos (Primera y Segunda revolución industrial) y el desarrollo de nuevos materiales de construcción como el acero y el hormigón armado forjaron la eclosión de una nueva era.

El surgimiento de las clases medias en un mundo laboral recién estrenado quedó acotado en  las emergentes fábricas  y supuso la aparición de una de las ideas más transgresoras en  la vida de esos abnegados trabajadores: el tiempo de ocio. Un periodo no productivo que nació como un residuo de los cuerpos inertes que conformaban esa masa trabajadora. Fue desarrollado por los sindicatos durante décadas y “evolucionó” hasta el turismo compulsivo de nuestros días. Los derechos sociales y una calidad de vida digna cimentaron los pilares del estado de bienestar que hoy conocemos.

La arquitectura se subió rápidamente al tren del desarrollo industrial, aplicando al mundo de la construcción las técnicas y conceptos del sector industrial. En el manifiesto “Les Cinq Points d’une Architecture Nouvelle” (1926) Le Corbusier y Pierre Jeanneret enumeran los cinco puntos que debe reflejar la nueva arquitectura. La exposición Weissenhoff de Sttutgart (1927) fue el hito con más repercusión internacional, pero el campo de trabajo abarcó un periodo mucho más amplio antes y después de esa fecha. Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Gropius, Neutra y muchos otros arquitectos europeos y americanos dibujaron el escenario residencial que determinaría las vidas futuras de toda la humanidad.

La Primera y Segunda Guerra Mundial y los regímenes autoritarios posteriores condicionaron el desarrollo de las ideas incipientes, que de la misma forma se vieron condicionadas por las demandas de la emergente sociedad industrial. Algunos de los iconos de la Modernidad fueron claramente inhabitables. Entre los casos más paradigmáticos se encuentran la polémica “Farnsworth House”(1951) del alemán Mies Van der Rohe (vencedor en cualquier caso en la demanda de su despechada propietaria) y su coetánea “Glass House”(1950) del norteamericano Philip Johnson, herencia directa de su indudable precedente “Kauffmann House”(1947) del migrante austríaco Richard Neutra.

Las décadas de los cincuenta y los sesenta del siglo XX constituyeron una época de ebullición arquitectónica, de exploración, de perfeccionamiento, de desarrollo. La cimentación del modelo de vivienda actual adaptado al lugar. Una ventana a un nuevo mundo configurado en dos escenarios: Europa y Estados Unidos (con la inestimable contribución de icónicos fichajes europeos). La finalización de la Segunda Guerra Mundial (1945) propició el momento perfecto para afianzar todo lo aprendido en las décadas anteriores. La intención era democratizar los nuevas demandas sociales que promulgó el Movimiento Internacional dos décadas antes, en una coyuntura histórica en el que el mundo debía renacer de sus cenizas. La esperanza de los ciudadanos y sus aspiraciones vitales favorecieron el desarrollo de la construcción. Así lo entendió la industria, que de la necesidad encontró una oportunidad de negocio en un momento de crecimiento económico.

La domesticación de las ideas primigenias propició en un amplio abanico de posibilidades creativas, abrazadas por la idiosincrasia local de cada país. El clima, la cultura, la sociedad y sobre todo su capacidad económica permitieron diversificar las tipologías residenciales y favorecer el nacimiento de lenguajes individuales o colectivos: los llamados estilos arquitectónicos. Nuevas líneas de trabajo en un mundo cambiante.

La evolución ha seguido una línea más o menos coherente hasta llegar al momento actual. El dantesco escenario en el que nos encontramos resulta desolador. La destrucción es siempre sinónimo de dolor. Pero a la vez supone una oportunidad. Los pueblos y ciudades que han sido salvajemente bombardeados en Ucrania, Gaza, Irán o Líbano deben ser reconstruidos. Y puede hacerse manteniendo los criterios preestablecidos o por el contrario materializarse bajo nuevos esquemas. Es necesario repensar las ciudades y su relación con el medio ambiente. Seguridad, sostenibilidad, movilidad, justicia, salud mental…Construir con calidad, pero también con visión de futuro a largo plazo. No solo a corto plazo.

Puedo comprender la urgencia de algunas intervenciones, incluso el mercantilismo de dichas promociones, pero solo es posible abrir una nueva etapa con empatía, generosidad y unos objetivos ambiciosos en el horizonte de la sociedad. Como sucedió a mediados del siglo XX: convertir los sueños de millones de personas en realidad. Y aprender de los errores cometidos (guerras crueles y modelos rígidos de viviendas). Interiorizando que la digitalización de la sociedad es perfectamente compatible con el deseo de vivir cerca de la naturaleza. El confort en mayúsculas es complejo, lo sé y no siempre es fácil de alcanzar. Es poliédrico. Conlleva muchos vértices (espacial, lumínico, funcional, térmico, acústico, visual, sostenible, integrado o versátil, entre otros). Pero hay mucho terreno para explorar. Sin prejuicios, atreviéndose a equivocarse. Aplicando lo revolucionario del mundo del arte al mundo de la conservadora vivienda. Porque no debemos olvidar que la arquitectura es una de las mayores expresiones artísticas de la humanidad y transgredir es la única forma de avanzar.

En teoría, la calidad de vida ha sido siempre la razón de ser de nuestras casas, pero la realidad choca frontalmente con esa premisa. Un confort que no existe en la mayoría de las viviendas que visito semanalmente en el ejercicio de mi profesión. Y lo mismo sucede con la versatilidad, el soleamiento, la conexión con la naturaleza, la comodidad de sus espacios, la sensación de refugio, la calidad de sus materiales, la elegancia atemporal de su diseño, los usos compartidos… Las unidades convivenciales, las actividades vinculadas a las viviendas y las necesidades vitales no para de diversificarse. Por ello, debemos tomar nota y aplicarlo: no podemos detener el tiempo.

Los rígidos esquemas urbanísticos, las ideas preconcebidas, los altos costes de producción y la obstinada tozudez del ser humano favorecen la permanencia en un eterno bucle de errores. Es necesario un cambio profundo en la mentalidad de la sociedad, de los promotores y de los arquitectos para convertir ese escenario utópico en una realidad tangible.

Los arquitectos no nos convertiremos jamás en prescindibles. Al revés. Cada vez se exige más participación técnica en cualquier intervención. Por pequeña que sea. Pero lo que no podemos es devenir en productores de una cadena de streaming. Repetir esquemas con un mismo guion aburrido. La creatividad -más allá de los esquemas impuestos- es enriquecedora, necesaria y sanadora. Aumenta el nivel cultural de los entornos que habitamos e incrementa la calidad de las personas.

La adaptación al entorno (el “lugar”) siempre será fundamental. En armonía con la naturaleza. Dejando a un lado la arquitectura espectáculo y pensando más en el mantenimiento y durabilidad de los nuevos proyectos. No existen soluciones universales, pero sí existe un programa mucho más abierto de lo que creemos. De lo establecido en la memoria colectiva.

En un mundo en constante cambio, la arquitectura no puede continuar  anquilosada. Debe reflejar la ambición de la sociedad. Nuevos conceptos para nuevos tiempos. Utopías habitables en tiempos de guerra.