casa 33

el proyecto de toda una vida…

Cerrar la puerta corredera del garaje, apagar el motor del coche, abrir la puerta del conductor y poner un pie en casa, para instantes después, quitarse los zapatos, colgar la americana y desconectar del mundo. Sin duda, la rutina que más feliz me hace es la vuelta al hogar. Una costumbre adorable. La más placentera que conozco. El placer de llegar a casa es indescriptible. A mi universo, al espacio que me inspira y sobre todo, el lugar en el que me espera el amor de mi vida con la que tengo el privilegio de compartir mi bien más preciado: mi tiempo.

Nuestra casa es el refugio que todos construimos cada día con nuestro esfuerzo y que precisamente por eso valoramos tanto. Piso, chalé, estudio o mobile home. Nuestro hogar es nuestro refugio. Un espacio lleno de amor, que alberga todo lo que amamos, y que de alguna forma todo lo que amamos nos devuelve ese amor reflejado. No importa si es verano o invierno. Es de día o de noche. Hace frío o calor. Dar al play en Spotify te conecta con la persona que eres. Sin filtros, sin maquillaje. En ese instante eres tú mismo en estado puro.

El hábito que te trae de vuelta a tu hogar es tan sumamente gratificante porque simplemente da sentido a nuestra vida. Es el lugar , elegido o no, que nos sitúa en el mundo. Nos da una razón de ser. Para relajarnos, desconectar y coger fuerzas para afrontar un nuevo día: mañana.

Piso, chalé, estudio o mobile home. Nuestro hogar es nuestro refugio. Nuestro hogar es tan sumamente importante para nosotros que seríamos capaces de hacer cualquier cosa por defenderlo. No existe nada tan personal en el mundo. Un espacio que habla de nosotros mismos; de nuestras pasiones, tipo de vida y personalidad. El lugar en el que desarrollamos el amor por las personas, el cariño por los animales y el apego por esos objetos que poseen un significado especial para nosotros.

En nuestra casa sentimos, vivimos, amamos y lloramos. Es el crisol en el que pasado, presente y futuro comparten instantes fugaces. Recuerdos, miedos y sueños. Descalzarse es sinónimo de no tener que recorrer más mundo, de que la batalla diaria nos da una tregua y que el combate no proseguirá hasta el día siguiente. Quitarse la ropa, reencontrarte con las personas que amas o con el silencio que abraza tu existencia en esta etapa en la que te encuentras. Abrazar a los seres queridos podría compararse con la curación de las heridas causadas por nuestro tránsito diario a través del mundo laboral. Una ducha relajante supone una catarsis tan necesaria como reconfortante. Para inmediatamente después caer sobre nuestro cómodo sofá. El mejor del mundo. Un mueble a prueba de todo lo negativo que acecha en el exterior, y que supone la culminación del éxtasis más mundano. Es nuestro punto de anclaje (como se conoce en programación neurolingüística) y nos proporciona seguridad, confort y bienestar interior. Todos tenemos pequeños objetos fetiche que funcionan como anclas emocionales con nuestros sentimientos más profundos. Sucede igualmente con los lugares donde desarrollamos nuestra vida. Quizás a través de recuerdos agradables o simplemente dejando la mente en blanco. Pero existen lugares y elementos con los que el ser humano desarrolla una simbiosis mágica. Una conexión perfecta entre la materia viva y la inerte que, de alguna forma, adquiere vida.

Esa taza de café que comparte contigo el primer café de la mañana, esa lámpara que encontraste en un rastro e ilumina tus apasionantes lecturas nocturnas o esa caja dorada que te trajo una amiga desde Tailandia y ahora alberga tus joyas más preciadas. Desarrollamos una conexión tan especial con esos objetos (y por supuesto, con los espacios que habitamos), que llegan a formar parte de nuestro cuerpo. Y si algún día resultan dañadas, el dolor te invade como si de un órgano vital se tratase. Tan increíble como cierto.

La pandemia de 2022 transformó nuestras viviendas en espacios de trabajo, estudio o socialización, y los entornos laborales tuvieron que mutar en lugares más acogedores. Existen múltiples estudios acerca del poder relajante de algunos colores, texturas y materiales que pueden ayudar a regular nuestro ritmo vital. Por supuesto, existen fórmulas genéricas pero cada persona posee unos gustos específicos, por lo que la personalización de nuestro entorno inmediato se convierte en algo tan trascendental. Sin duda, la “humanización” de los espacios que habitamos ayuda a desarrollar nuestros quehaceres de una forma más agradable. Favoreciendo el orden, la interconexión y la consecución de nuestros objetivos. En definitiva, ayudándonos a ser un poco más felices.

Porque tener ese lugar al que volver es simplemente maravilloso, aunque por desgracia es un lujo que no está al alcance de todos. La casuística es infinita, pero hoy no quiero centrarme en la problemática actual del acceso a una vivienda. Tampoco en la imposibilidad de descansar en paz frente a mordeduras de ratas o picaduras de insectos, riesgo de tormentas o impacto de una bomba contra nuestra desgastada tela que hace las funciones de “hogar”. No lo hago por vergüenza propia, por la connivencia de todos nosotros que hemos normalizado el horror como parte de nuestra historia común.

Pensar en volver  a casa tras un viaje lejos de mi entorno me llena de alegría. Adoro lo excepcional y añoro lo cotidiano. Porque es la forma de volver a mis raíces, a mi yo desnudo. Una ventana al momento vital que atravieso en cada etapa de mi vida y a través de la cual puedo observar la persona que fui, la persona que soy y la persona que quiero ser. Siento que mi casa nunca está terminada del todo, y esta idea me mantiene viva la ilusión de crear. De creer. De seguir vivo. Porque siento que voy construyendo la casa, pero ella también me va construyendo a mí.

Como arquitecto no puedo renunciar a la idea de que el diseño de los espacios que habitamos puede ayudarnos a ser felices. A desarrollarnos. A crecer. A vivir más y mejor. Muchas veces a través de un material etéreo que no valoramos por su abundancia en el entorno exterior: la luz. Pero que sin duda, configura la cimentación de una vida más plena. Porque la luz natural es energía, salud y vitalidad. El epicentro de la felicidad ante los momentos de adversidad que sin duda nos depara el destino a todos nosotros.

Observar la naturaleza nos acerca a ella. Y eso no solo es bueno para nuestra salud física y mental, sino que nos reconecta con nuestro yo más personal. Con nuestros orígenes. Y estoy convencido de que nos vuelve  más empáticos, más solidarios, más humanos…Algo que precisamente se ha ido paulatinamente perdiendo en las ciudades, conforme iban creciendo.

La arquitectura no puede entenderse sin la conexión con el entorno. Por eso detesto los proyectos que desprecian el lugar e imponen el estilismo personal de su creador sin respetar el paisaje natural o urbano y a sus habitantes. Una idea que no conlleva el mantenimiento del estilo arquitectónico preexistente, sino que pretende aportar un nuevo lenguaje que responda a las necesidades del lugar.

Nuestro hogar es nuestro lugar en el mundo. Nuestra imagen más auténtica, sin filtros. Habla de nosotros, como siempre he dicho, porque son el espejo de nuestras vidas. El testigo más fiel de nuestras rutinas diarias, de nuestras carencias y de nuestros sueños. Las pequeñas conquistas que conseguimos en cada una de esas batallas diarias que mantenemos a diario, como so decía al principio.

Cada persona intenta optimizar los recursos que posee ese espacio aprovechando al máximo el potencial que posee. Es como sacar lo mejor de cada persona, con sus defectos y virtudes, pero poniéndolo al servicio de quienes lo habitan. Igual que sucede con los objetos que se van acumulando en su interior a lo largo de los años. Nos abrazan, nos susurran al oído y configuran la superflua pero a la vez imprescindible “decoración”. Que puede ser de un estilo uniforme o mezclar tendencias. En cualquier caso, son elementos que suponen un refuerzo emocional de la persona que somos y nos ayudan en la construcción de nuestra personalidad futura. Elementos que en todos los casos aportan belleza desde nuestro punto de vista. Y los amamos no solo por sus cualidades físicas, sino por su valor emocional. Porque aquí, el valor económico es el último factor que tenemos en cuenta. La cantidad de objetos queda definida por cada individuo, que deberá encontrar el equilibrio.  Pero lo que es seguro es que cada uno conlleva un recuerdo único al que la pátina del tiempo confiere un brillo especial.

Y aunque deseaba hacer un texto bello, mi conciencia me impide concluir este post sin hacer una pequeña pero importante reflexión. La constitución española garantiza la vivienda como derecho fundamental. Y en el resto del mundo, la sensatez más básica abraza la misma idea. Sin embargo, tal y como sucede en tantas otras ocasiones, las palabras quedan en papel mojado. En 2026 nos encontramos más lejos que nunca de alcanzar ese ideal. Os invito a ver la obra del fotógrafo lisboeta Mário Cruz. En especial su foto-ensayo “Roof” (tejado), en el que recoge con respetuosa naturalidad la crudeza de habitar espacios inhumanos.

Las personas (jóvenes y mayores) necesitan un lugar propio que les proporcione todas las virtudes recogidas en este post. Queda muchísimo trabajo por hacer para cumplir con una necesidad tan básica como lo es la vivienda propia. Y no digo en otros lugares del mundo, en los que ni tienen vivienda (en la franja de Gaza cerca de dos millones de personas han perdido su hogar) ni siquiera la libertad para hacer algo tan mundano como dar un paseo. Por ejemplo en Siria, donde puede suponer la muerte por el estallido de una de las miles de bombas ocultas bajo el terreno.

La ausencia de hogares es muy peligrosa para toda la sociedad. Retroalimenta la inseguridad, que puede degenerar en odio, violencia e injusticias. La convivencia entre diferentes dentro de la sociedad implica la preexistencia de una vivienda digna para cada uno de sus miembros.

La vida no es perfecta. Nuestros hogares tampoco lo son. La naturaleza no lo es. Y las personas…distan mucho de esa virtud. Nadie pretende alcanzarla, pero sí apoyarnos en que el paso del tiempo sirva para hacer una sociedad más justa.

Cuando llegues a casa, no olvides nunca lo afortunado que eres. A pesar de tus arduos problemas, algunos graves. Gravísimos. Incluso irresolubles. A pesar de todo, te aseguro que millones de personas desearían estar en tu lugar. Porque no tienen nada. Ni siquiera esperanza. Y mucho menos, acceso un espacio de ese tipo: tu íntimo universo. ¡Que descanses!