casa 33

el proyecto de toda una vida…

El aire huele a verano. Y el verano tiene muchas cosas buenas. Los días son más largos, y la rutina deja más espacio los sueños.

En nuestra casa maragata, donde ahora me encuentro, el reloj se detiene al cruzar el porche de entrada. Arquitectura vernácula con vocación de atravesar el tiempo. Piedra, madera y sol. Serenidad sin artificios. Tomar distancia me gusta. Me permite coger perspectiva y ubicar el punto de mi vida en el que me encuentro.

Dejar atrás el ruido es algo que comencé a practicar hace más de un año como sistema de autoprotección. El exceso de información y el dañino contenido que ésta alberga aniquila mi creatividad. ¿Quién ha decidido que la política debe ocupar un lugar tan importante en la vida de las personas?

Necesito pensar, y leer me permite elegir la información que recibo. Como arquitecto no puedo evitar analizar todo lo que me rodea. E inconscientemente, hilvano la información que me interesa y creo una realidad ficticia. Tal y como maquinaba el conspiranoico Mel Gibson en la película “Conspiración” (1997).

Físicamente me alejé de la ciudad que me vio nacer hace casi diez años. El nacimiento de la casa 33 supuso un punto de inflexión en mi trayectoria vital, que hoy día perdura y cuyas consecuencias no pueden resultar más gratificantes. Por otro lado, hace casi dos años cedí mi estudio ubicado en su ensanche a una actividad comercial mucho más enriquecedora para su tejido comercial y desde ese momento siento que mi actividad profesional está menos vinculada que nunca a esa capital que nunca me sonrió. En la actualidad, paso de puntillas por sus calles y edificios y la siento más ajena que nunca. Etapas de la vida.

Mirara hacia delante.

Hoy necesito el amor más que nunca. Es el aglomerante de mi vida. Por eso detesto y huyo de todo sentimiento de odio. Es el engrudo del mundo. Negar la aceleración de la “belicosidad” de la sociedad actual es faltar a la verdad. La crispación nos dirige hacia la polarización. Campos de golf frente a campos de refugiados. Y en el centro la desafección.

Las preocupaciones por temas baladíes nos alejan de lo más importante que alberga este mundo: el amor. Vivimos en un mundo relativizado en el que la inmediatez es el gran protagonista. Tener mucho trabajo está sobrevalorado y tener mucho tiempo libre se considera sinónimo de fracaso. Sin embargo, el tiempo libre es el mejor aliado de la creatividad cuando se posee espíritu de superación. Inquietudes. Yo me encuentro en esa edad en la que he dejado de cumplir años y quiero empezar a cumplir sueños. Un estado de gracia solo accesible para ese elenco de personas que dispone de los medios económicos suficientes para cubrir sus necesidades más básicas. La historia está plagada de ejemplos: desde pintores decimonónicos hasta arquitectos contemporáneos como Le Corbusier o Zaha Hadid.

Europa es un oasis en medio del desierto. Pero las guerras amenazan con provocar una sequía extrema. Irrevocable. No podemos acercarnos al frente de batalla en Ucrania, Irak, Líbano o Gaza. Existen numerosos conflictos armados de muy diferente índole y magnitud, pero todos con una misma finalidad: la destrucción. El odio. La muerte.

Acercarnos virtualmente a esos dantescos escenarios se ha convertido en algo cotidiano mientras preparamos la comida o tendemos la colada. Televisión, redes sociales y periódicos rezuman de forma permanente dolor. Nos hemos inmunizado. Y a la vez, no valoramos lo que tenemos. Sí. Por desgracia, no resulta suficiente para sentir lo afortunados que somos. Atravesar la puerta de un hospital y observar el paisaje interior es otra forma de hacernos comprender que nuestra existencia es algo insignificante dentro del inconmensurable espacio e infinito tiempo que habitamos. Alejarnos del amor y acercarnos al odio es una muestra inequívoca del proceso de autodestrucción que hemos emprendido. Bastantes injusticias suceden ya en la vida como para que el hombre contribuya con denuedo en dicha dañina labor.

Es urgente redirigir nuestra trayectoria.

La sociedad y la arquitectura se necesitan mutuamente para subsistir en ese mundo decreciente y preocupante hostilidad. Yo no quiero oír hablar de las “ciudades del futuro” cuando no veo futuro para esas poblaciones. Porque las ciudades están formadas por personas, con una vida y circunstancias propias, pero la realidad es que negamos la existencia de millones de personas que carecen de un espacio habitacional digno, y que miles de localidades por todo el planeta resultan inseguras para sus habitantes. Muchas se han transformado para atraer inversores y turistas en detrimento de la calidad de vida de sus habitantes.Otras, directamente han sido destruidas por estériles bombas, y tan solo son capaces de salvaguardar el nombre y almacenar toneladas de escombro como vergonzoso vestigio de lo que un día fueron. Recuerdos amputados de su soporte físico con violencia extrema. Y para colmo, la impunidad de sus responsables resulta insultante.

El futuro no es inevitable. Podemos modificar el curso de la historia. Sobre todo, si no es justo con los más débiles. La solidaridad no es un símbolo de debilidad, sino la principal muestra de humanidad. En este mundo digitalizado en el que todo se archiva, todo se documenta, todo se computa, es momento de actuar y proponer ideas transgresoras que contravengan el hiper mercantilismo que nos esclaviza. La libertad es un derecho y hoy día se ha compartido en una necesidad, en un signo de rebeldía cívica. Pensar, vivir, crear.

Después de cada noche, el sol despierta la vida con un nuevo amanecer. Una nueva oportunidad para reconducir nuestra errática trayectoria. ¿Por qué no aprovecharla?

Amor. Siempre.