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el proyecto de toda una vida…

En la sociedad actual, el verdadero lujo es el tiempo. Tiempo para elegir qué hacer con él. Con libertad, sin obligaciones. Con discreción, sin redes sociales. Con tu pareja, sin interrupciones. Por desgracia, algo aparentemente tan sencillo es una utopía al alcance de muy pocos. Por muy diferentes motivos, pero sobre todo por las obligaciones diarias: familia, estudios o trabajo. Eso, para los que tenemos la suerte de vivir en un país “civilizado”. Porque para millones de personas, el verbo “vivir” se ha extinguido. Y dedican su tiempo a “sobrevivir”.

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Las vacaciones estivales son un paréntesis maravilloso para pausar el reloj que nos impone la rutina y dejar que el tiempo fluya. Ahuyentando a los cronófobos que solo nos contagian sus temores obsesivos.

El verano es la temporada perfecta para reconectar con nuestro yo más profundo. O al menos debería serlo, si somos capaces de alcanzar la paz interior en estos tiempos de hiperconectividad. La obscena impunidad con la que operan los gobiernos e inversores privados fagocitando  con extrema crueldad a los seres humanos más frágiles resulta repugnante. Las vidas humanas se han convertido en moneda de cambio para alcanzar oscuros intereses. Un capitalismo perverso que muestra a los migrantes como enemigos de la sociedad, mientras pone en venta el territorio a precios solo al alcance de extranjeros que además de chanclas poseen una cuenta bancaria con muchos ceros. En definitiva, la versión más actual, sádica y realista de “Saturno devorando a su hijo” de Francisco de Goya. Por ello, la imposibilidad de mutar la ignominia invita a una más que recomendable desconexión.

Este verano he recorrido varios países y he observado sin prisa el devenir de sus figurantes. Turistas, lugareños, peregrinos, camareros, fieles religiosos o guías turísticos. Cada uno en su papel de ciudadano ejemplar en ese codiciado escenario llamado “ciudad”. Recorriendo las históricas calles del centro de Roma bajo un sol asfixiante el agua fría que los romanos nos dejaron gracias a su “aqua virgo” ha sido sin duda lo mejor del estío en la capital italiana. Tomen nota el resto de capitales. Aunque no será fácil: este año Europa ha sufrido una de las mayores sequías de su historia, afectando de manera insólita a la agricultura, provocando restricciones de agua y generando unas incontrolables afecciones en la economía global.

De vuelta a mis días de asueto en Roma y mientras paseaba junto a obras arquitectónicas majestuosas, no me ha resultado difícil pensar de forma inconsciente en los principales elementos necesarios para hacer más humano el entorno urbano: calles peatonales, carriles bici, lugares para el descanso en la vía pública (bancos), zonas protegidas de la intemperie (refugios climáticos) y calles accesibles que dispongan de pavimentos fácilmente transitables (sin hundimientos, resaltos ni peldaños) y anchura suficiente para el paso de una silla de ruedas. Todos los aspectos son relativamente sencillos de implementación, pero que en la mayoría de las ocasiones no se materializan por el evidente conflicto de intereses con el sector privado. Entre ellas hay una clara vencedora (la peatonalización) gracias a su garantizado funcionamiento como enriquecedor de todas las partes implicadas. Pero sin duda, las grandes perjudicadas son las relaciones sociales. Tradicionalmente vinculadas a las extensas jornadas veraniegas, en los últimos años están sufriendo importantes alteraciones que las desplazan a las postrimerías del día o directamente a la noche. Todos somos testigos de ello.

Por otro lado, las muertes vinculadas al exceso de calor deberían hacernos reaccionar. Las olas de calor causan el fallecimiento de miles las seres humanos cada año. Cerca de 30.000 personas solo en Europa. Los incendios destruyen miles de hectáreas de terreno natural cada verano. Europa se seca, con ejemplos como el Danubio mostrando todo tipo de vestigios del pasado. La tendencia es por desgracia imparable. El cambio climático ha venido para quedarse.

El urbanismo y la arquitectura deben dar cabida con urgencia a esta nueva realidad para garantizar lo antes posible la adaptación al calor extremo. Quizás mirando hacia latitudes tradicionalmente más calurosas (África y Asia) y sin duda aplicando principios de arquitectura vernácula. Porque ninguna tecnología es capaz de obtener el resultado de la física más elemental, como puede ser la sombra natural, las corrientes de aire y el aprovechamiento del agua y las fuentes de energía renovables como fuente de enfriamiento y de movilidad sostenible. Aunque también existen otros factores como la orientación de los edificios, su ubicación respecto a la orografía existente, el color y el material de su envolvente, la anchura de las calles, la utilización de pavimentos drenantes, la inclusión de plazas y patios en los que puedan plantarse árboles, la convivencia con zonas ajardinadas y láminas de agua o el empleo de materiales con gran inercia térmica o ligeros, según sea el clima del lugar.

Nos encontramos ante un reto global que nos afecta a todos y debe ser enfocado por los Gobiernos con una agenda nítida y común. Porque hay realidades que no entienden de partidos políticos, y vidas que no pueden esperar al encuentro de ególatras pueriles. En cualquier caso, la convivencia con la naturaleza resulta absolutamente vital en este nuevo marco de vida. Comenzando por nuestra terraza o balcón. Especialmente en las ciudades que han resultado engullidas por el demoníaco asfalto. Sin olvidar el mantenimiento adecuado de las zonas verdes extensivas para minimizar el riesgo de incendio.

Tenemos muchos retos por delante. Migración, guerras, tecnocracia, cambio climático… Pero hay tiempo para todo. El ciclo permanente en el que se desarrolla nuestra vida nos regala un nuevo curso. Un espacio temporal que incluye cientos de jornadas para rellenar haciendo aquello que más nos gusta. Sin duda los problemas ocuparán una parte importante de nuestro pensamiento. Pero debemos aprender a relativizarlos, siempre que sea posible. Porque la mayoría son pequeñas preocupaciones en comparación con las personas que carecen de agua, alimento ni techo para protegerse y descansar. Por un mundo más igualitario. Bonne rentrée !