casa 33

el proyecto de toda una vida…

                                                                                     Dedicado a Dani.

Chercher une fille. Perdre un fils.

C’est une histoire qui me dit quelque chose…

(…)

Siràt es una película majestuosa. El inconmensurable creador Oliver Laxe triunfó en la última edición del Certamen Internacional de cine de Cannes, pero no pudo repetir en la última edición de los Globos de Oro. Sin embargo, “Sirât” todavía tiene su gran oportunidad de obtener el Óscar a la mejor película internacional y el Óscar al mejor sonido el próximo 15 de marzo. Y por supuesto, le deseo todo lo mejor este próximo sábado en los Goya 2026.

El cine y la arquitectura poseen muchos elementos en común. Ambas proporcionan imágenes en movimiento con el objetivo de narrar una historia y conmover al espectador. En el primer caso, se consigue al desplazarnos en el tiempo; y en el segundo, al trasladarnos en el espacio. Un desplazamiento que ilumina nuestra rutina y confiere un nuevo sentido a nuestra existencia. Y para ello, solo es necesario abrir los ojos y sentir la magia.

Cine y arquitectura nos abrazan y nos reconfortan. La primera proyecta imágenes y la segunda proyecta espacios. Cine y arquitectura configuran un arte visual y narrativo que surge de la misma semilla: la pasión. Una pasión inconmensurable de todos esos soñadores que aman su trabajo y desean golpear conciencias desde una nueva perspectiva. Porque para hacer bien un trabajo, primero hay que amarlo.

A su vez, esos expertos en crear espacios mágicos (físicos o virtuales) poseen la convicción de que un mundo mejor es posible a través de la creación artística, de la cultura y del respeto por todas las personas sin distinción de procedencia.

Las dos expresiones artísticas crean un mundo onírico con el fin de transportar al espectador a una nueva dimensión donde sus sueños puedan convertirse en realidad. A través de la mirada de su creador, dos mundos aparentemente inconexos se abrazan como líneas convergentes predestinadas a encontrarse. Como ese tímido rayo de luz que atraviesa el cristal de tu ventana al amanecer. Una metáfora de ese salvavidas llamado esperanza que nunca se cansa de llamar a nuestra puerta. Y lo hacen desde la búsqueda de lo esencial: la vida. Sobrevivir al dolor para abrazar la felicidad.

El cine es la captación y proyección sobre una pantalla de imágenes fotográficas en movimiento. Una técnica que permite que las figuras fijas cobren vida. Precisamente mi estilo arquitectónico es el movimiento detenido en el tiempo. Podríamos decir que para mí la arquitectura es la extracción de un fotograma que, atravesado por la luz, proyecta un juego infinito de perspectivas que llenan de vida la vida de las personas.

El nacimiento del cine supuso el surgir de una nueva era. La fascinación de los primeros espectadores ha viajado casi intacta hasta nuestros días. Ambas técnicas utilizan un grafismo que refleja el estilo arquitectónico y artístico de cada época. Cada edificio cuenta una historia propia, aunque muchos secretos quedarán guardados en su interior para siempre. Nos lo recordaba en 2023 el delicado León Siminiani en su premiado corto “Arquitectura emocional 1959”. Historias íntimas que se almacenan en la memoria de las personas que lo habitaron. De sus hijos. De sus amigos. De quienes allí rieron, amaron y lloraron.

En la actualidad, la arquitectura de una película es compleja y requiere el trabajo conjunto de especialistas en múltiples campos. Pero en un presente que se tambalea bajo nuestros pies, resulta fundamental dotar a la asfixiante realidad de escenarios de esperanza. Por ello propongo crear una nueva categoría en todos los certámenes que reconozcan la calidad del sétimo arte: Óscar a la mejor arquitectura. Un novedoso reconocimiento destinado a disfrutar de los delicados sentimientos que un espacio puede provocar en las personas más cercanas.

Porque la arquitectura no es solo belleza, técnica y funcionalidad. Es un arte que despierta la emoción. Conmueve. Construye atmósferas utilizando iluminación, volúmenes y texturas. Llenando de vida el suelo yermo, el paisaje inerte y los solares vacíos. En mi caso lo hago además con carácter, proyectando espacios que narran una historia aún sin escribir, como si de un plató de cine se tratara. Cine y arquitectura reflejan los cambios socioculturales de cada época. Los estilos y estilismos nos permiten hacer una fácil lectura. El gran Mies Van der Rohe afirmó que “la arquitectura debe mostrar el espíritu de su época”. Exactamente lo mismo que hace el cine. Porque no solo documenta, sino que proyecta con naturalidad las costumbres, las técnicas y los contextos de cada momento.

Sin duda, en la triunfadora de los Óscar de la arquitectura no puede faltar una bella historia de amor entre sus dos grandes protagonistas: la luz y el espacio. La forma en que se encuentran, el deseo íntimo por acariciarse, la alegría que sienten cada vez que generan nuevas emociones en las personas que habitan esa arquitectura y la necesidad mutua de caminar juntos el resto de su vida conforman el reflejo de lo que todos anhelamos: la felicidad.

Pero no hay que confiarse: un elenco de actores y un abultado presupuesto no garantizan el éxito. Un estudiado guion es fundamental. Una idea bien argumentada es la cimentación de un gran proyecto. El lema “Less is more” de Mies Van der Rohe actualizado en el siglo XXI. Pero también es necesaria una puesta en escena sólida, bien argumentada, donde la composición (fotografía) y los espacios que dialogan (interpretación) se fundan con el alma del arquitecto que crea esos volúmenes en movimiento. Transgredir, salirse de los márgenes establecidos es el camino para obtener un resultado original, conmovedor y bello. Y para hacerlo, es suficiente con dejar salir todo nuestro bagaje interior escondido bajo la superficie opaca de la cotidianeidad, sin otra directriz que el propio instinto creativo.

El cine nos reconforta quizás de una forma más efímera, pero también puede ayudarnos a recapacitar y provocar cambios de comportamiento que mejoren la relación entra las personas. La arquitectura hace lo mismo, aunque por sus cualidades inherentes la transformación puede prolongarse durante toda la vida. En cualquier caso, cine y arquitectura trascienden de las palabras. Su grafismo visual configura un un lenguaje universal que atraviesa el tiempo y alumbra el nacimiento de “escenarios para la vida”, como define Carme Pinòs nuestra bellísima profesión.

Así que coge un buen bol de palomitas, acomódate y prepárate para un maravilloso viaje. Disfruta de la arquitectura, de la compañía y en definitiva, de la vida. Sí, porque la arquitectura y la vida siempre van de la mano. Son Thelma y Louise. Inseparables. Son los antónimos de la muerte porque proyectar un espacio es creer en los milagros. En el poder de transformación que la arquitectura tiene sobre las personas y sobre la capacidad de sanación de los individuos que la disfrutan. En una simbiosis perfecta, en el que el tiempo juega un papel catalizador fundamental. Proyectar es como plantar una semilla en la tierra fértil y esperar que germinen sus frutos. Es dar sin esperar nada a cambio. Porque construir el bienestar de las personas es la forma más abnegada de mostrar solidaridad con los demás. Una empatía más necesaria que nunca en los tiempos de polarización extrema que vivimos.

En definitiva, la arquitectura es para mí una expresión artística muy humana porque muta a lo largo de su vida y eso es lo más parecido a estar vivo. Como los guiones de las películas. Los cambios de propietarios, de inquilinos, de uso, de estación, las diferentes horas del día y los imprevisibles agentes atmosféricos son cambios cíclicos que transforman los lugares en los que nos movemos cada día y provocan el comienzo de una nueva etapa. Reseteo y comienzo. Con la ilusión de volver a empezar. Una y otra vez. Sabiéndose afortunados por tener una nueva oportunidad. ¿No os parece algo mágico? Es la magia del cine. Y de la arquitectura.

Ya lo dijo bien claro Bud Bunny en su arriesgada pero necesaria puesta en escena durante el descanso de la Super Bowl: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Así que pincha y arrastra todo eso que amas al “TIME-LINE” y… ¡que comience el espectáculo! Ahora sí. Arranca la arquitectura de las emociones. Disfruta de la película. Y por supuesto, del espacio que te rodea. ¡Es mágico!