Al finalizar un nuevo año comienza un año nuevo. Y resulta inevitable hacer balance (en esa compulsiva obsesión humana por etiquetar todo) y de los últimos doce meses.
De forma habitual realizamos una introspección de carácter individual, considerando que los límites de nuestra responsabilidad terminan en la silueta que delimita nuestra existencia. Como el trazo con tiza que dibuja en el asfalto el perfil de un cadáver en la escena de un crimen.
En la sociedad actual, el reconocimiento social está sobrevalorado. Personal y profesional. En la mayoría de los casos resulta una vulgar acumulación de egos derivada de la ausencia de una meritocracia real. Y aunque resulte un oxímoron, casi nadie habla del reconocimiento social como sociedad. Que es algo muy diferente, ya que tiene en consideración a todas las personas en su conjunto en lugar de individualmente. Y en esto, todos y cada uno de nosotros suspendemos estrepitosamente en este 2025 que casi toca a su fin. Como ejemplo un inusitado suceso que nos ha estallado en toda la cara. Lo protagonizó Ahmed al Ahmed, el frutero sirio de 43 años que redujo a un asaltante en la reciente matanza antisemita de Sidney. Un “apestado árabe” en el escalafón más bajo de la clasista sociedad australiana convertido repentinamente en héroe mundial. Sin comentarios.
Por eso y por mucho más te invito a reflexionar. Cierra los ojos y piensa en el mundo que conoces. En el que crees conocer. Y en el que realmente crees que podría ser. Abre los ojos y mira a tu alrededor. Produce pavor escuchar a Manuel Castells (el sociólogo español más citado del mundo) afirmar que “El mundo está en un proceso de autodestrucción”. Pero… ¿es posible cambiar el rumbo? Siendo seres efímeros, hologramas que un día nadie recordará, muchos perversos seres desprecian a otras buenas personas simplemente por ser migrantes, tener un pensamiento diferente, no tener ninguna cualidad innata especial o simplemente ser pobres.
En este contexto, yo que soy optimista por naturaleza considero que el alma se puede educar. Y que la arquitectura puede contribuir enormemente a reencontrase con el amor y alcanzar la felicidad de todas las personas. Una cualidad que sin duda mejora hasta el infinito la convivencia, el respeto y la tolerancia.
En lo que a mí respecta solo puedo decir que 2025 ha sido un buen año, muy próximo a un punto de inflexión. Amo mi profesión. Cada día que pasa más. Aunque esto no significa que me guste siempre mi trabajo. Trabajar en el desarrollo de un proyecto en el que te involucras, en el que el cliente confía en ti, supone entregarse en cuerpo y alma. Y no es sencillo, porque debe mantenerse el equilibrio con la vida personal y, por supuesto con el resto de proyectos que el arquitecto desarrolla de forma coetánea. Es el arquitecto- malabarista.
Pero vivir, trabajar y soñar en mi casa me ha enseñado muchas cosas: a buscar y a encontrar. Soluciones, esperanza y amor. Y sobre todo, a ser feliz. Sí Porque cuando proyecto nuevas viviendas experimentales, tipologías transgresoras en bloque o simplemente diseño todo tipo de elementos arquitectónicos con acero me siento la persona más feliz del mundo.
La arquitectura es como el amor: no se busca, te encuentra. Y te elige ella a ti, no tú a ella. Es muy exigente, y por eso es muy importante ser cada día detallista y atento con ella. Escuchando sus inquietudes, y sabiendo dar respuesta a sus necesidades en cada momento. Así es la arquitectura. Increíble. Un amor por el que merece la pena luchar.
Por eso, no dudo en reconocer que me encanta proyectar. Ya lo he dicho antes. Esa inexplicable pulsión que permite aflorar al exterior una inconmensurable concatenación de ideas que nacen a través de líneas inconexas que invaden el papel en blanco ante mí desplegado.
Talento. Trabajo. Tenacidad. Las 3 T. Si las combinas en la dosis adecuada y agitas la mezcla como si te fuera la vida en ello, consigues un cocktail mágico que sorprende por su infinito poder. Un día escribí que estaba enamorado del ángulo agudo. Y continúo estándolo, como el primer día. Ahora quiero añadir que me vuelven loco los triángulos, en todas sus dimensiones e inclinaciones posibles. Supongo que es la figura que me define: indeformable, estable y arriesgado. El adalid de la resiliencia.
En fin. Si la Navidad es tiempo de magia, hagamos que ésta se haga realidad. Por una vez de verdad. Nosotros decidimos. Por una sociedad más justa.
El bien o el mal. La construcción o la destrucción. La vida o la muerte. Héroe o villano. ¿En qué lado de la historia quieres estar?
Creer para transformar. Lo siento, soy arquitecto.
¡Feliz Navidad!

