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el proyecto de toda una vida…

Existe vida más allá de las ciudades. Aquellas que tienen la suerte de subsistir más allá de la barbarie humana. Y también para aquellos que han sobrevivido más allá del maltrato conferido por la urbe que lo ha fagocitado. Hablamos de Gaza, Marsella o cualquier espacio urbano que desprecia a las personas. Y de las personas que no cuidan a sus ciudades. Podría decirse que es una relación tóxica, y en estos casos, ya se sabe: poner distancia de por medio ayuda a ver las cosas con mayor claridad.

A las urbes no les podemos exigir que sean responsables, cívicas y solidarias. Somos nosotros los que debemos serlo.

Las conurbaciones, macro urbes y metrópolis en general implican una ingente concentración de polución, virus y desigualdad. Son una elección perfectamente legítima, muchas veces adoptada por la fuerza de las circunstancias personales. Suponen una amalgama multicolor de personas, un ejemplo de la diversidad del ser humano en todas sus cualidades. Pero esa masificación conlleva unos efectos colaterales indeseados y tal vez sea el momento de buscar otras alternativas a nuestra rutina diaria. Y no se trata solo de repensar el espacio público, sino redefinir el concepto de “vida”.

Acaba de concluir la última reunión del G-20 (nada menos que en la capital de Sudáfrica), con la injustificada ausencia de EEUU. El intento de este último para bloquear la redacción de una declaración conjunta ha resultado estéril, aunque los compromisos adquiridos son ambiguos y sin una clara aplicación en la vida real. En cualquier caso, hoy más que nunca es necesario fijar unas reglas de juego para poner coto al matonismo imperante.

En el convulso mundo actual, los ciudadanos pueden ser maltratados por múltiples factores: por la ineptitud de sus dirigentes, por la de inoperancia de su sistema sanitario, por la ausencia de las adecuadas coberturas sociales, por la imposibilidad de disponer de una vivienda o por el miedo que infunden las mafias que operan libremente en sus barrios. Bélgica habla de narcoestado, Suecia tiembla con las crecientes muertes violentas en sus calles, Países Bajos sufre el poder de la mocromafia (Marruecos) y los habitantes de Marsella salen a la calle para decir basta a la MZ mafia (Argelia) que ha convertido los quartiers nords en territorio comanche.

Como escribió recientemente en El País Sergio C. Fanjul: “Esto es la ciudad, esta maraña de gente, deseos y metal, este caos lo suficientemente ordenado para llamarlo civilización”. Pero, ¿son éstas las ciudades de nuestros sueños? La realidad es que el modelo de ciudad tradicional no se ha adaptado a la época actual. El incipiente progreso que supuso el germen para su creación se ha convertido en un espacio alienado. Por ello, es hora de despertar y decidir qué hacer con nuestras vidas.

Hace más de 100 años, la Segunda Revolución Industrial supuso un vórtice de atracción de personas desde el campo hacia las zonas que concentraban los talleres y fábricas. Esos lugares que derivaron en una concatenación de bloques de viviendas de baja calidad, el origen de lo que hoy llamamos “ciudad”. A las oportunidades laborales hoy debemos añadir las educativas, culturales y de ocio. Los jóvenes buscan la interactuación en redes sociales, gimnasios y vidas basadas en la inmediatez. Se habla de “individualismo”, pero yo no creo que sea un factor a tener en cuenta. Me preocupa mucho más el sectarismo ideológico, el odio y la falta de humanidad.

Las ciudades actuales (del primer mundo) se han construido sobre un paisaje de cartón piedra llamado turismo. Todos estamos cansados de hablar de sus consecuencias pero nadie actúa con contundencia. En pocos años la especulación en estado puro ha conseguido amenazar el Estado de bienestar. Un proceso de gentrificación que ha ido lentamente vaciando la esencia del centro de las grandes urbes. Como el agua que discurre por el sumidero de una antigua bañera. En realidad, formamos parte de un sistema de ganadores y perdedores, en la medida en que tiempo, espacio y recursos económicos son siempre limitados.

El vertiginoso ritmo que nos confiere la vida actual (del primer mundo) unido a la infinita información que nos inunda puede provocar una sensación de ahogo de la que sin embargo sí es posible escapar. Con mayor o menor facilidad, pero es posible. Sí.

La “vivienda” y las “ciudades” han centralizado tradicionalmente el discurso arquitectónico. En los últimos años se ha colado un protagonista efímero (la sostenibilidad) que el tiempo dejará caer en el olvido como desaparece una maqueta de tu paso por la escuela al fondo de un oscuro trastero.

En este punto debo hacer un inciso para recordar que como “ser humano” que soy (sustantivo+adjetivo), también me parece imprescindible “ser humano” (verbo + complemento directo). Que parece algo obvio pero no siempre lo es. Porque a mí me resulta muy difícil afrontar el invierno desde un amplio hogar a 23º C, cuando en otros lugares (Gaza, por ejemplo) miles de personas carecen de mantas o una simple tienda de campaña con la que resguardarse del frío; de esa intemperie cruel que no entiende de crueldad humana. En este caso, la que ejercen los verdugos israelíes más allá de una tregua que ha demostrado ser papel mojado. El urbicidio premeditado que ha orquestado el despiadado Netanyahu carece de antecedentes a esa escala. Resulta inefable el dolor directo e indirecto que ha provocado semejante monstruo. No me canso de decirlo, y me duele que quienes deben alzar la voz con contundencia y realizar acciones coercitivas permanezcan en servil connivencia. Europa no me representa.

Para los que tenemos la suerte de vivir en un espacio de libertad como es la Unión Europea, podemos elegir entre permanecer en esa caótica e hipnótica burbuja resplandeciente que generan los neones de la gran ciudad, o bien decidir hacer un cambio de vida. Alejarnos.

El trabajo y los hijos son vínculos muy fuertes que nos unen a un punto muy concreto del espacio. Justo en el que deseamos o nos vemos obligados a habitar. Aunque no seamos felices. Porque en ocasiones la urbe maltrata de sus ciudadanos. Lo ha descrito este fin de semana Antonio Muñoz Molina en su columna de El País, quien afirma: “Para los ancianos, los enfermos, los discapacitados, los niños, las mujeres embarazadas, los pobres, los sin techo, las personas de alma frágil, una ciudad como Madrid es cada día más inhabitable”. Un indeseable sentimiento que se produce por múltiples motivos y en múltiples circunstancias. Por eso, y aun siendo conscientes de las enormes dificultades que conlleva, os recomiendo valorar la idea de alejarnos de esas coordenadas malditas, y buscar un espacio en el tiempo que nos permita reconectar con nuestras raíces.

Se habla de la ciudad y del campo, como podemos hablar del blanco y del negro. Pero existen infinitos matices, como existen numerosos entornos en los que instalarse. Precisamente la carestía de la vivienda, la sinrazón dominante que está colonizando el mundo y la ilusión que arde en nuestro corazón pueden ser la palanca del cambio. Hacer de la crisis una oportunidad. No se trata de claudicar, sino de mirar lo que nos hace bien y de lo que podemos hacer por mejorar nuestro entorno.

Las ciudades de cartón piedra terminarán por deshacerse bajo las incesantes gotas de lluvia en un futuro no demasiado lejano. Al final, todo vuelve a su cauce, y la naturaleza se encargará de restablecer el orden previo. Pero este proceso puede durar muchos años, y nuestra vida es demasiado corta como para esperar tanto tiempo.

Vivir fuera de los focos tiene muchas ventajas. Desde conectar con la naturaleza hasta disponer de espacio para desarrollar tus hobbies. En las grandes ciudades el espacio disponible de las viviendas cada vez es más exiguo, y la presencia del entorno natural solo es visible (eso sí, en alta definición) a través de las televisiones de 75 pulgadas.

Está demostrado que el contacto con los entornos naturales aumenta la esperanza de vida. Y yo añado que además proporciona mucha más calidad de vida. No es necesaria una sensibilidad especial; solo dejarse llevar. Con humildad. Con abnegación. Y sin miedo.

Os recomiendo leer “Rascacielos”, de J.G.Ballard. En él se muestra un escenario distópico extremo en el que paulatinamente se pierde el contacto con la naturaleza hasta perder la humanidad por el prójimo. Es evidente que no es necesario alcanzar este extremo de locura para decidir cambiar el rumbo de nuestra civilización. Pero algunos dirigentes como el anaranjado, pueril y desalmado inquilino de la casa Blanca hacen saltar todas las alertas.

Para los que deciden quedarse, yo propongo demoler los edificios en peor estado de conservación, indemnizar a sus propietarios y transformar el vacío en un espacio al servicio de la comunidad. Una acción que favorecería el desplazamiento a entornos más alejados del centro urbano. Sería como convertir el tejido urbano en un queso gruyere que mantenga su esencia pero garantizando la calidad de vida de propios y ajenos. Densidad frente a dispersión. Estrés frente a tranquilidad. Hipotética oportunidad frente a calidad de vida inmediata.

Y de forma paralela, reconvertir las azoteas de los edificios en jardines, huertas o lugares de encuentro. Puede parecer utópico, pero sería bueno para las personas y para el medio ambiente. Las ciudades mejorarían. Sería algo así como revertir los flujos migratorios, la concentración de recursos y el desequilibrio natural que existe en la actualidad. La epidermis de la tierra tiene dificultades para transpirar. Es hora de cuidarla.

No somos árboles. Podemos desplazarnos en busca de aquello que nos haga felices. Lo sabemos cuando hacemos turismo. Está claro. Pero quizás nuestro punto de retorno sea el equivocado. Piénsalo. Lo recoge muy bien el extraordinario director Oliver Laxe en su película “O que arde”, en la conversación entre una madre y un hijo expirómano sentados en el campo. ”Hacen daño porque sufren”. Una breve frase pero que dice mucho. Porque esa es la clave: ser feliz para ser mejor persona. Un destino en el que la arquitectura como escenario versátil, atemporal y bello, junto a un estilo de vida integrado en la naturaleza determinan el camino. Definen a la persona.

Como ya he explicado en otras ocasiones, un sistema de transporte público eficiente y sostenible amplía el abanico de oportunidades habitacionales en otros lugares. Y para los que se quedan en la ciudad, cerrar las calles al tráfico y abrirlas a la vida.

Querer es poder, aunque a veces hayamos crecido como un elefante: creyendo que tenemos una pata atada a un árbol, cuando en realidad se trata de un minúsculo taburete. Por eso, te animo a romper la cuerda que te amarra al lugar equivocado. Tú que tienes la suerte de poder elegir. El equilibrio más allá de ese escenario donde dos fuerzas antagónicas (orden y desorden) luchan denodadamente por imponerse. Palabra de Daniel Libeskind (“Edge of order”).

Es el momento de proyectarnos hacia el futuro con esperanza. Construyendo espacios para la vida más verdes, más inclusivos, más humanos.

Piénsalo. Cuidar. Cuidarse. Todo es posible.

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