casa 33

el proyecto de toda una vida…

Dicen que el tiempo cura las heridas. Lo que no se detalla es que las heridas dejan en algunas ocasiones profundas cicatrices. Líneas de dolor que hablan de nuestro pasado y muestran a los demás que sufrimos y sobrevivimos. Como el anillo de Leila Guerriero: “Hundirse, perderse, quemarse, resistir”.

Por desgracia hay heridas que tardarán varias generaciones en cicatrizar. La incipiente paz alcanzada en Gaza se cimentará sobre la práctica totalidad del territorio destruido, cerca de 70.000 víctimas mortales y la connivencia del primer mundo al que pertenezco.

Mi verano ha estado marcado por los incendios que asolaron gran parte del nordeste peninsular, uno de los cuales llegó hasta la localidad maragata en la que tenemos nuestra segunda residencia. El poder devastador del fuego forestal es solo comparable al poder del odio que algunos dirigentes políticos vomitan sobre el mundo que habitamos. Y alguno todavía se cree merecedor del Noble de la Paz. Sin comentarios.

Este verano el humo impregnaba el aire exterior de la zona en la que nos encontrábamos. Bastaba con recogerse en casa para ponerse a salvo. Sin embargo, desde hace demasiado tiempo la actualidad huele a odio. Y cuando el olor nauseabundo impregna todo el aire que nos rodea resulta imposible abstraerse. Cerrar las puertas y ventanas es el primer paso para detener el avance del contagioso virus, pero su control será determinante para el futuro de la humanidad. Como explicaba el magnífico Antonio Muñoz Molina en su artículo “Sálvese quien pueda (El País, 26 de julio de 2025): “Mi vida entera hasta el día de hoy ha consistido en el choque con la brutalidad y en la huida de ella”.

El ser humano debe ser humano. Tan sencillo y tan complicado.

A diferencia de los gazatíes al terminar el verano y alejarnos del incendio nosotros sí teníamos un lugar adonde volver. Ellos no. Su injusto destino es el regreso a ninguna parte. Y su futuro pasa por la vergonzosa ayuda que aportarán todos esos países que no hicieron nada cuando era necesario, y pretenderán acallar sus conciencias a base de esas migajas de provisiones, soporte técnico y suministro de materiales y mano de obra cualificada.

En España la actualidad también se ha visto salpicada por el derrumbe de un edificio en construcción en el centro de Madrid. Cuatro fallecidos como efecto colateral de la ebullición inmobiliaria y hotelera que concentra la capital de España. La construcción continúa siendo el sector con más precariedad laboral y accidentes laborales. Las leyes no terminan de proteger al sector más débil del engranaje, en unas obras donde no existe reemplazo generacional y escasean cada vez más los oficiales de cada gremio.

Para un arquitecto enamorado de su profesión vivir sin miedo equivale a apostar por uno mismo y mostrar a los demás su propia visión del mundo. Aprender a valorar las cosas en su justa medida me permite desarrollar una mayor capacidad de observación de la realidad. Aunque me duela.

Desde la casa 33 me siento cerca de la naturaleza: es mi modelo de conexión con el entorno natural circundante. Cielo, espacio y paisaje. Tres elementos unidos para inspirar los proyectos arquitectónicos que revolotean en mi cabeza y que intentan sacar lo mejor de cada emplazamiento. Creatividad en estado puro que se materializa en diferentes expresiones artísticas: dibujos, maquetas, textos, collages…

Desde aquí observo con agradecimiento el amanecer desde mi estudio, contemplo con esperanza el atardecer desde el salón y dibujo con ilusión las líneas que definirán mi futuro. No podemos detener el tiempo pero sí aportar nuestra parte para mejorar la relación entre las personas.

El mundo es eminentemente cruel e injusto, y la respuesta de cada uno de nosotros suele esconderse bajo el escudo de “Mientras no me suceda a mí…”. Pero a veces te toca, y hay que aprender a convivir con el dolor. Propio y ajeno. Porque estamos conectados y compartimos los mismos sueños e inquietudes.

En este contexto la única certeza es que la vida siempre se abre camino. Por encima de la barbarie, la oscuridad y la muerte asoma tímidamente el rayo de la esperanza. Y con eso prefiero quedarme. Las distancias del espacio son tan inabarcables como las del tiempo para la diminuta escala humana. Los cambios son lentos pero avanzamos. Y debemos hacerlo hacia el lado correcto de la historia.

Para disponer siempre, siempre, siempre de un lugar al que regresar.

Es lo que yo llamo arquitectura.