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el proyecto de toda una vida…

Montmatre es hoy un barrio de París ubicado en la zona norte (distrito XVIII). Pero hace algo más de un siglo, fue cuna de todo tipo de artistas. Atraídos por el glamour que superaba fronteras, este peculiar “banlieu” que abastecía de vino y pan a París se transformó en lo más “fashion¨ del momento. Un incipiente hervidero de creadores de diversa procedencia que a lo largo de varias etapas constituyeron una época. Impresionistas  como Van Gogh, Renoir o Lautrec y cubistas como Pablo Picasso. La mayoría de estos artistas desarrollaron su carrera en el anonimato. En este caso, el gran talento concentrado supuso que muchos de ellos obtuvieran el reconocimiento después de su muerte (salvo excepciones como T. Lautrec o nuestro malagueño más internacional Pablo Ruiz Picasso). Me gusta pensar en esa forma de trabajar. A contracorriente. Creando un lenguaje propio. Como ha sucedido a lo largo de la historia en infinidad de disciplinas.

 “Le bateau Lavoir” fue un hervidero de creatividad; hoy, tristemente es solo un recuerdo. Una fachada hueca que en el pasado rebosaba ilusión, talento e ideas. De la misma forma, la cercana “Place du Tertre” (a pesar de su belleza y encanto) hoy ha quedado relegada a un artificial espejo de su floreciente pasado. Porque ya nada volverá a ser lo que fue, y los artistas callejeros que actualmente se mezclan al atardecer con jóvenes bebiendo cervezas en un banco solo buscan “llenar” ese momento.

La fisonomía de esta colina a las afueras del primitivo “París” ha cambiado totalmente. Los establecimientos destinados al turismo actúan de barniz en un lugar donde el fuego y el paso del tiempo dejó mudos a los edificios que hoy vemos. El fuego. Buff. Desgraciadamente, un despiadado enemigo de la historia de la humanidad. Que ha borrado innumerables creaciones del hombre (artísticas y arquitectónicas), algunas de un valor incalculable. París no es una excepción, y desgraciadamente las malas noticias llegan hasta nuestros días con el fatídico incidente de la Catedral de Notre Dame en Abril de este año. Una joya arquitectónica protagonista absoluto de la historia del país galo. Por ello, es inevitable entristecerse al ver esta “vida” en este momento de estado crítico, rodeado de grúas, andamios y cimbras de madera. Aunque por fortuna, los daños son pequeños en relación a lo que podía haber sido, y pronto esta rutilante joya volverá a brillar con el fulgor que le corresponde.

Algunos países de Europa tienen la envidiable habilidad de transformar lo “cutre” en espacios u objetos “con encanto”. Son diferentes a los españoles. Es así. Aunque en muchas ocasiones los edificios que observamos son solo fachada, escondiendo en su interior un estado de absoluto abandono y deterioro. En París hay infinidad de ejemplos, como la imagen que acompaña este texto.

Existen más diferencias: en Francia (como en Holanda o Reino Unido) las personas deben ocupar menos espacio que en España. A pesar de que sus ciudadanos son en general más “grandes” que los españoles, las normativas vigentes son mucho menos exigentes en lo referente a elementos dimensionales. Peldaños de escaleras, pasillos o ascensores de medidas liliputienses son habituales en multitud de edificios públicos y privados. Por no hablar de los baños compartidos, sin ante-aseo ni identificación exterior. También hay notables diferencias en materia de sanidad. París está repleto de puestos de fruta o pescado con el género expuesto al exterior, esperando recibir del cielo (cual maná) partículas de monóxido de carbono o un buffet libre de gérmenes.

Considero que España es un país avanzado en muchos aspectos, que debe sacudirse sus complejos; pero a su vez, la excesiva burocracia y sobre todo la rigidez de las normativas municipales generan un techo de cristal que impide la materialización de numerosas obras y en definitiva, limita la creatividad de los arquitectos.

Volviendo a la ciudad que protagoniza este texto, debo señalar que París es la ciudad que hoy conocemos gracias al planteamiento urbanístico que desarrolló en la segunda mitad del s. XIX el político  Georges- Eugène Haussman. Siguiendo las órdenes de Napoleón, ideó un plan para modernizar las infraestructuras de la ciudad  en un momento de cambios técnicos a nivel mundial. Estableció las directrices para el inminente crecimiento y dotó a la ciudad de un carácter único, protegido de actuaciones desafortunadas.

La valiente apuesta de París por limitar la construcción de rascacielos choca totalmente hoy en día con la enfurecida guerra de tocar el cielo que sufre Londres. En la capital gala, los edificios de altura se concentran al norte, en la zona financiera conocida como “La Defénse”. El skyline del resto de la ciudad queda libre de este tipo de construcciones, con la única salvedad de un desastroso ejemplo: la torre de Montparnasse (obra del arquitecto Roger Saubot y concluida en 1973). Con sus 209 metros de altura, es uno de los edificios más altos de Francia. Y menos mal que aquí se detuvo este tipo de iniciativas, preservando la esencia decimonónica de la ciudad. Una villa única y absolutamente encantadora, donde decenas y decenas de medianos edificios de piedra amansardados conviven en perfecta armonía con la maravillosa Tour Eiffell.

Algo que también sucede con los “passages” del siglo XIX que atraviesan el corazón de la capital. Estos centros comerciales de la época no son exclusivos de París. Y entre todos los existentes, algunos me parecen fascinantes. Como el Verdeau o el Jouffroy. En el segundo se ubica el Hotel Chopin, cuya recepción es simplemente de ensueño. Recorrer los passages parisinos es una experiencia mágica. Detalles que perduran. Si cierras los ojos, puedes viajar al pasado e imaginar la vida burguesa de la época.

Otra forma de “trasladarse en el tiempo” es visitar alguno de los principales cementerios de la ciudad. Espacios de vida eterna que no suelo frecuentar, aunque en esta ocasión haya hecho una excepción. Mi experiencia en el “Cimetière du Pére Lachaise” (ubicado al Este) ha sido buena, a pesar de mis reticencias al cruzar el umbral de su puerta principal. Un lugar de vida (pasada) donde cada detalle dice mucho de quien permanece allí en el recuerdo. Me ha gustado especialmente la zona central del camposanto donde el caos de tumbas impera. Aquí, es necesario pedir permiso  a los difuntos para avanzar entre sus silenciosas tumbas, que en esta época descansan rodeadas de un amarillento manto otoñal.

En otro extremo del centro de Paris (zona Norte) se halla el populoso mercado de las pulgas: una interminable sucesión de los típicos puestos callejeros con ropa falsificada, pero que también atesora bellos retales del pasado en su “Marché Dauphine”. Muy recomendable.

Marché Dauphine

Pero París no es solo historia. También es modernidad. Para los amantes de la arquitectura os recomiendo la “Guide d’architecture de Paris”, de Jean-Philippe Hugron, de la editorial DOM publishers. Un actualizado volumen que recorre la arquitectura del siglo XX y XXI hasta nuestros días. En ella podréis descubrir obras de célebres arquitectos (franceses y extranjeros), aunque la mayoría pertenecen a estudios de arquitectura menos conocidos. Imprescindible para descifrar el perfil actual de la ciudad. En este viaje a París he descubierto una de las últimas obras de mi amado Rem Koolhaas: la “Fondation Galerias Fayette”, una obra de restauración de un inmueble en el corazón del glamouroso “Le Marais”. Una “obra menor” para este gran genio de la arquitectura contemporánea, que sin embargo posee varios detalles con la esencia de su autor. Recomendable, sin duda.

Por último, quiero recomendaros el libro “AirBnb: la ciudad uberizada“ de “Ian Brossat“, una interesante reflexión de este político parisino sobre la ciudad que está conformándose a nuestro alrededor de forma casi imperceptible. Un modelo invasivo perfectamente organizado y camuflado, que únicamente busca el enriquecimiento económico.