casa 33

el proyecto de toda una vida…

Vivimos en una economía globalizada. En la parte más alta de la cresta de la ola post-industrial. En un punto en el que la tecnología e internet determinan por completo la forma de relacionarnos entre semejantes. La revolución industrial supuso un cambio radical en la forma de entender el mundo, porque permitió producir de forma generalizada a gran escala. Actualmente, el desarrollo tecnológico ha permitido el control total de todos y todo lo que consumimos, a través de una monitorización entre bambalinas que nos convierte en protagonistas de una obra que ni siquiera sabíamos que se estaba rodando.

¿Pero cómo afecta este nuevo modelo económico a la arquitectura?

Llevaba muchos meses pensado en escribir sobre la economía colaborativa o compartida (sharing economy); supuestamente, la economía del futuro. Y sin embargo, siempre lo terminaba posponiendo por mi incapacidad para tener un enfoque objetivo. El momento ha llegado, tras la lectura de un libro. Se trata de “AirBnB: la ciudad uberizada”, un interesante análisis de la economía colaborativa, centrado sobre todo en la multinacional del alquiler turístico de escasa duración. El autor de este libro (disponible en español) es Ian Brossat, actual teniente de alcalde de París y uno de los mayores símbolos mundiales de la lucha contra el gigante californiano de alquiler vacacional. A través de su experiencia en primera línea de fuego, nos desvela numerosos datos relativos a la estrategia depredadora de este tipo de empresas.

En este post os quiero exponer brevemente las consecuencias directas que plataformas como AirBnB provocan en el tejido urbano de las principales urbes mundiales. Tener capacidad para discernir si realmente se trata de una “oportunidad”, o si por el contrario nos encontramos ante una “amenaza”.  Sin duda, os recomiendo la lectura del libro de Ian Brossat por ser tremendamente explícito y didáctico.

El principio que caracteriza a la economía colaborativa (compartir bienes) es bueno en sí mismo. Quiero recalcar que surge en un contexto de post-crisis mundial, y seguramente no por casualidad.

Internet ha permitido la expansión exponencial de todo tipo de plataformas que pertenecen a este nuevo campo de la economía. Por ejemplo, ”Feastly” permite compartir cena con desconocidos y Wallapop facilita la compraventa de objetos de segunda mano. Glovo y Deliveroo también se incluyen en esa mal llamada economía colaborativa, aunque aquí no se comparte absolutamente nada: simplemente se explota a “colaboradores” (riders) de forma escandalosa. En AirBnB se produce igualmente una precarización de los puestos de trabajo; limpiadores, chóferes, conserjes, etc  son mayoritariamente autónomos sin derechos sociales. De esta forma la multinacional ve aumentar rápidamente sus beneficios sin correr apenas riesgos ni asumir gastos fijos.

Los ideales que en su origen dieron sentido a estas prácticas se han desvirtuado por completo. Actualmente, la iniciativa se ha profesionalizado y tras la imagen de bondad, contribución a la economía local, creación de empleo  y toda clase de beneficios para la población local de las ciudades se esconde un voraz negocio especulador. La economía del trueque fue el comienzo de los mercados que hoy conocemos, antes de que surgiera el excedente de producción y en consecuencia, el dinero. El magnífico y polémico economista y ex-ministro griego Yanis Varoufakis lo explica de forma extraordinaria en su libro “Economía sin corbata”. Absolutamente recomendable.

La economía colaborativa se basa en el concepto anglosajón que ha sido denominado como win-win. Todos ganan. Un ejemplo es la plataforma BlaBlaCar. Una persona debe hacer un trayecto en su vehículo particular, y a través de una plataforma consigue contactar con personas interesadas en realizar un viaje similar en el mismo horario. Resultado: un viaje rápido y económico para todos los viajeros.El conductor realiza el trayecto a coste cero y les cobra a los acompañantes menos que el autobús. Los riesgos en principio son bajos, ya que este tipo de aplicaciones funciona con perfiles verificables, sujetos a la opinión del resto de usuarios. De esta forma surge la reputación 3.0.Una valoración a la que los usuarios no pueden escapar: no hay lugar para el anonimato. Entre usuarios. Aunque lo que estas apps no exponen con claridad es la utilización que hacen de los algoritmos para crear un perfil de cada persona (supuestamente anónimo).

El funcionamiento de otras plataformas para compartir bienes es similar: Uber,Cabify,DogVacay,Wework,Homeaway,RelayRides,Etsy,Craigslist,etc. Llama la atención que la mayoría de estos unicornios (empresas cuyo valor supera los 1.000 millones de dólares) sea norteamericana (muchas con sede en California). No quiero extenderme en ese sentido, pero debe recalcarse que este hecho no se produce de forma circunstancial, sino que responde a un conjunto de circunstancias muy específicas. Porque podría dar la sensación de que en EEUU fueran grandes genios visionarios y el resto del mundo careciera de capacidad emprendedora.

El caso de AirBnb es idéntico a sus homólogas, aunque con la gran diferencia de que la vivienda es el activo más valioso, personal y preciado que posee una persona. Y prestarlo con abnegación a desconocidos quizás implique una confianza que yo particularmente no tengo. Claro que no es lo mismo compartir un dormitorio de la primera vivienda donde el propietario reside, que una vivienda completa utilizada única y exclusivamente por alquileres de corta duración. Es decir, que ha sido adquirida como un bien de inversión para realizar una actividad comercial con el objetivo principal de obtener el máximo beneficio. Y este tipo de casos es desgraciadamente el mayoritario, con una inmensa cantidad de viviendas en manos de grande grupos inversores.

Las grandes inyecciones de capital y sobre todo el vacío legal que existía en este campo han servido para favorecer el crecimiento exponencial de AirBnb y empresas similares en todos los territorios. Fundamentalmente en grandes ciudades, donde existe un mayor número de potenciales “clientes”. Con nula transparencia, plantean estrategias empresariales demoledoras contra la competencia. Y utilizan los BIG DATA para beneficio propio, controlando nuestros movimientos, fomentando el consumismo e incluso utilizando su posesión como arma para presionar a los gobiernos. Todo sirve para alcanzar sus objetivos..

La compra de voluntades políticas es un clásico, pero su gran característica es la opacidad y actuar como un poderoso lobby. El dinero mueve el mundo. En multitud de casos rechazan abiertamente cumplir con las normativas locales que perjudican su actividad  y con las leyes nacionales de los estados en los que operan. Por ejemplo, en Francia AirBnb incumple la obligación de publicar el número de registro de cada una de las viviendas ofertadas en su plataforma, así como facilitar el número de pernoctaciones de dichas viviendas. Datos fáciles de aportar y que resultan muy importantes para conocer el verdadero uso de las residencias colaboradoras. Aunque AirBnb no lo cumple. Además, en París la normativa establece que en caso de que una vivienda sea alquilada durante más de 120 noches al año debe modificar su uso; y por tanto, cumplir otra serie de requisitos. Entre ellos, el propietario que quiere transformar su piso en vivienda vacacional debe convertir los mismos metros cuadrados de local en vivienda social, dentro el mismo distrito de la ciudad. Y si lo que genera es vivienda libre, debe aportar el doble de superficie que la  nueva vivienda vacacional. Una forma de disuadir a especuladores, pero que AirBnb no cumple. Y sigue operando como si nada…

Si todo esto fuera poco, los principales exponentes de la economía colaborativa presumen de una volumen de facturación creciente y de cifras astronómicas, aunque precisamente su enriquecimiento vaya ligado a la ausencia de inversiones directas, a la explotación de los trabajadores y a una evasión fiscal escandalosa que hace a los países en los que opera un buen corte de mangas. Unos irrisorios impuestos que aunque claramente injustos, siguen siendo permitidos por las administraciones.

Pero el principal daño colateral que genera el alquiler vacacional de corta duración es otro. Bueno, mejor dicho otros. Y este es el punto al que quería llegar, porque es el que mayor repercusión tiene a nivel social y urbanístico, en directa relación con mi profesión.

La primera consecuencia es la degradación del tejido social  y la idiosincrasia de las ciudades, sobre todo de los barrios más céntricos. Un proceso llamado gentrificación del que ya os hablé en otro post de Noviembre de 2015 www.casa33.es , y que provoca un éxodo forzoso hacia la periferia y una discriminación de clases.

Y debemos recordar que el turismo es necesario en su justa medida, pero la diversidad social es fundamental.

Otra consecuencia directa es la alteración del tejido comercial de proximidad, que queda inexorablemente sustituido por usos vinculados al turismo de masas. Los altos alquileres, además, impiden la permanencia o incorporación de pequeños empresarios, por lo que el centro queda inundado de grandes cadenas comerciales. Y de  nuevo nos encontramos con otro factor que redunda en la pérdida de identidad. Una globalización fría, innecesaria e insostenible.

Otro daño colateral es la desaparición de colegios, iglesias y equipamientos deportivos o culturales de carácter público. Cambio de población, cambio de necesidades. Y esos nuevos “pobladores” efímeros provocan además problemas de convivencia y ruidos en los inmuebles donde se alojan y en aquellos que se hallan próximos a los lugares de ocio. Porque un viajero de paso no solo tiene otras necesidades, sino que también posee menos apego por la ciudad que visita.

El libro de Ian Brosat habla de un ejemplo que merece la pena destacar. Se trata del encargo que realizó el gobierno de la ciudad canadiense de Toronto a Sidewalk Labs (filial de Google) para desarrollar un master plan de ordenación de un enorme terreno, atraídos por su mensaje de “ utilizar las nuevas tecnologías para resolver los grandes desafíos urbanos y mejorar la calidad de vida de las ciudades”. ¿Pero de qué desafíos habla?¿Realmente le preocupa el bienestar de los ciudadanos? Porque los ridículos impuestos que pagan en los estados donde operan no contribuyen precisamente a favorecer el gasto en sanidad, educación, etc.

En cualquier caso, estaríamos ante la primera “ciudad uberizada” (como titula su libro el Teniente de alcalde parisino).Una especie de smart-city (os recomiendo el post que escribí sobre este tema) llevado al extremo.

Las soluciones a plantear no son complejas de identificar, aunque seguramente sí de aplicar por el gran poder de los lobbies implicados. La limitación de apartamentos turísticos en el centro de las ciudades es la clave, identificando cada uno de ellos y haciendo un control periódico de los mismos. Realmente, si existe un cambio de uso y una vivienda pasa a ser exclusivamente un “negocio” lucrativo, en primer lugar lo que debe es estar sometida a una reglamentación especial en medidas contraincendios, por ejemplo, y sobre todo, a disponer de un aislamiento acústico similar al de un negocio de hostelería.

Mi experiencia con la mayoría de las empresas de economía colaborativa es prácticamente inexistente por una cuestión de principios. Únicamente hace poco más de un año (febrero 2019) reservé por primera vez en mi vida (y por última) dos noches en Madrid con AirBnB. El mismo día del viaje, al levantarme, recibí un correo de cancelación de la reserva que trastocó mis planes. Me vi obligado a reservar un hotel más caro, entre los pocos disponibles. Por la tarde, una persona me llamó desde el extranjero, en español, para pedirme disculpas. Me indicó que además de reembolsarme el importe íntegro de mi reserva, me devolverían un 10% adicional para ayudar con las molestias y el sobrecoste que había sufrido. Todavía estoy esperando.

Respeto a las personas que deciden utilizar este tipo de plataformas, que por supuesto poseen características y prestan servicios muy diferentes entre sí. Pero es absolutamente necesaria una regulación clara, y que todos cumplan las reglas del juego (incluyendo el pago de impuestos que corresponda en el país de implantación).

Todas las personas que participan de una u otra forma en este tipo de plataformas forman parte de ella. Y es evidente que una reducción importante del número de usuarios desembocaría en la moderación del discurso de este tipo de multinacionales. Quizás debiéramos replantearnos qué tipo de ciudades queremos, ahora y en el futuro. Tecnología, movilidad y consumo son imprescindibles, pero siempre al servicio de las personas y garantizando su privacidad. El urbanismo y la arquitectura deben ser servidores, limitándose únicamente a contribuir en la creación de espacios para la vida.

Es evidente que deben ponerse límites. El ser humano es rico por muchos motivos; y la diversidad de origen, cultural, religiosa, etc hace precisamente grande al ser humano. Algoritmos frente a personas. No pretendo ser alarmista, pero la globalización extrema y el control tecnológico de las personas podría configurar la antesala de la alienación social y la transformación de los seres humanos en cyborgs sin capacidad de decisión.